Por Camila González, investigadora asistente de la Línea de Biodiversidad de Centro Ceres Los eventos meteorológicos recientes han visibilizado una vulnerabilidad conocida, un predio agrícola no depende únicamente del cultivo que produce. El suelo, el agua, los polinizadores y los enemigos naturales de las plagas también determinan su funcionamiento. Ante un clima variable, incorporar biodiversidad en la planificación debe ser una decisión productiva.
La respuesta habitual ante nuevas presiones suele ser intensificar las intervenciones y recurrir a insumos externos. Entonces, ¿conviene complementar el paisaje agrícola con intervenciones que fomenten los procesos ecológicos de regulación? La evidencia científica lo demuestra; por ejemplo, se ha observado que la vegetación dentro y alrededor de los cultivos puede contribuir a proteger el suelo, moderar la escorrentía y ofrecer alimento y refugio a insectos benéficos.
No obstante, ese potencial debe evaluarse en cada predio. Por ello, la pregunta no es solo cuántas especies hay en un campo, sino qué funciones cumplen y cómo interactúan con el cultivo. La biodiversidad funcional propone seleccionar y manejar plantas y otros componentes biológicos según su contribución potencial a la producción. Las especies con flores, por ejemplo, pueden proporcionar néctar,
Fuente original: Portal AgroChile
